Ramón Urbáez
El pequeño cuartel de Algodón se levanta en un promontorio de piedras y tierra seca, rodeado de altas montañas y cerros marrones.
Bajo un árbol, los soldados encargados de vigilar este punto fronterizo con Haití tienen cuatro camas, una pequeña estufa de gas y algunos tiestos para cocer víveres.
Desde el cuartel pueden verse las pendientes sinuosas de la carretera internacional y en las montañas, como despeñaderos, algunos hombres que siembran semillas entre las piedras y la tierra seca de las laderas haitianas. Para verlos en tan empinadas pendientes hay que levantar la vista como mirando al cielo.





